#IndioEnOlavarría: Tiranizando a quienes te han querido

(Por Mariano Ferrari*).- Soy feligrés (i)regular de la misa india. Hoy es lunes. Me quise tomar unas horas para procesar información y ver un poco qué devuleven los medios sobre el concierto en Olavarría. Mi doble condición de espectador/periodista me pone en el fino borde entre la pasión y el trabajo. Es desde allí, en esa cuerda floja, desde donde escribo estas sensaciones informativas.

Con mi grupo de amigos ingresamos, vimos el recital y nos fuimos sin inconvenientes. Nos enteramos de la muerte de dos personas cuando volvimos a la casa que alquilábamos. Las líneas de teléfonos estaban colapasadas -como toda la ciudad-, pero adviertimos la preocupación de nuestras familias y amigos a la distancia. Los primeros datos del día siguiente eran espantosos: 7 muertos dijo la Agencia Telam. Leímos «avalancha humana», escuchamos en la radio «desbande», «incendio», «colpaso»… una escena de guerra.

El Intendente de Olvarría se lavó la manos. Dijo que no tenía nada que ver con la orgaización, que el predio no pertenecía al municipio y que llegó el doble de gente que esperaban: unas 340 mil. ¿Le cabe alguna responsabilidad?. Lo dirá la Justicia. En principio, muchos vecinos de Olavarría salieron a criticarlo.

Nosotros recorrimos el predio para ingresar y salir. Es cierto, era zona liberada, sin control estatal, pero eso ocurre siempre, tiene que ver con la autogestión, es una filosofía histórica. Desde hace años que no hay presencia policial en los alrededores de los conciertos del Indio Solari para evitar los enfrentamientos. La seguridad y la salud están a cargo de la organización. Nunca pasó nada, por el contrario, la gente autogestiona esos servicios. Si hay piña todos silban a los protagonistas y critican su actitud: «qué boludos que son, no parecen redondos la puta madre que los parió», les cantamos, y automáticamente la cosa para. Si hay algún desmayo, entre todos abrimos camino para que la gente llegue al puesto sanitario. Se cuidan a las mujeres y a los chios. Sí, a los chicos. Desde mi punto de vista es una locura llevarlos, pero hay familias enteras que recorren el país para ir al encuentro con sus pares y su Dios.

Algunas acotaciones: la autogestión es la marca registrada de Solari. Lo viene haciendo desde los 70´ cuando comenzó con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. No hay firmas con las multinacionales discográficas. Se graba en estudio independiente (ahora propio), se hace el arte de tapa, la distribución y la venta. Todo a cargo de la banda. Lo mismo ocurre con los recitales. Hace años se contrata una productora independiente que organiza los shows. La seguridad, mientras se tocaba en estadios, era mixta: privada y pública. En los 90´ hubieron muchos enfrentamientos con la policía. Cuando se quitó del medio a la fuerza, pararon los incidentes.

Pero esta vez había algo distinto, se percibía en el aire. Desde que Solari continuó su carrera solista, el público fue en aumento. Comenzó con 80 mil, 100, 120, 150, 170… el mito crecía al ritmo de los buenos comentarios. Ya no era solamente seguir al líder de una de las bandas de rock más influeyentes de la Argentina, sino que la masividad era sinónimo de fiesta. Se había salido de aquella etapa donde los recitales estaban asociados a los desmanes. Como dice Serrat, en la noche de San Juan cómo comparten su pan, su mujer y su gabán, gentes de cien mil raleas. Gentes de todas las edades y estratos sociales reunidos en un mismo sitio congreados por la misma persona para vivir un momento único, difícil de explicar.

Lo diferente esta vez fue la multitud. Se superó ampliamente las 300 mil personas, incluso algunos cálculos policiales extra oficiales indican 500 mil. Mucho, incluso para la autogestión. Se esperaban 170 mil asistentes. La ciudad quedó chica y el predio también. Creo que agitar la idea que era el último concierto fue contraproducente, pero no excluyente. Solari había advertido una semana antes del recital que nos teníamos que cuidar. Cuidarnos nosotros y a nuestros semejantes. Habló -como hace el Indio- en forma encriptada, pero clara: «Hay fuerzas oscuras que quieren que esto no sea una fiesta». Ese combo, con tremendos errores de organización, provocaron el resto: salidas chicas sin señalización, vallas innecesarias, calles cerradas y el predio rodeado de paneles de madera prensada, evitaron una desconcentración normal. Mucha gente se desmayó, hubo pánico y empujones. Pese a todo, no hubo ningún incidente. Insisto: 340 mil personas salimos sin las mejores condiciones pero en paz. Autogestión.

Ingresamos al predio 20.15 y ya estaba lleno. Faltaba más de una hora para el inicio y había un océano de gente. No es habitual. Hay siempre mucha gente, pero no tanta. Habíamos tardado dos horas en caminar desde donde dejamos el auto hasta el sitio del show. La inhabitualidad continuó cuando el concierto no comenzó puntual: siempre es a las 21.30. Esta vez se retrasó una media hora. En el lugar en el que estábamos, no llegaba el sonido. Por lo que avanzamos a la torre 12. Había 15 formaciones de parlantes distribuídas por todo el campo, un asunto inédito en la historia del rock en el país. Así y todo, no alcanzó. Más gente de la esperada, un poco de viento de más… Caminamos hasta un punto donde pudimos (con dificultades) escuchar. Al término del primer tema llegó el primer parate y el Indio pidió por la gente tirada en el piso. Al finalizar la segunda canción, frenó todo. Le habló al público: «les pedí que nos cuidáramos, hace una semana que hablamos de esto», dijo. Ahí se pinchó el recital.

Nosotros no sabíamos lo que pasaba delante. Estábamos a unos 400 metros del escenario y a 200 de la salida. Pero veíamos por las pantallas mucha gente sobre las vallas. El Indio pidió insistentemente que se pudiera rescatar a quienes se habían desmayados. A ese momento, para nosotros, era eso. Hubo un parate de unos 20 minutos. Ya estaba frío el ambiente. Después, a duras penas continúo para «evitar más bardo», dijo el cantante. Indudablemente ya sabía que había gente muerta. El desgano tomó por asalto al escenario y al público, que sólo en el emblemático JiJiJi volvió a editar el «pogo más grande del mundo».

No fue una fiesta. Y sería una pena que el Indio terminara su carrera así.

Es cierto, la tristeza son esas dos vidas que se perdieron. Nadie puede especular sobre una muerte. O nadie debería. Vi con mucha sorpresa que algunos medios alentaron la sensación de caos, se regodearon con la muerte, buscaron la culpabilidad inmediata y clavaron sus colmillos en el cuello del mito viviente del rock. También vi, leí, escuché oportunistas de la crítica, rockeros en decadencia, y opinólogos dando cátedra. Son esos que abren un micrófono y hablan de esto y al segundo del ùltimo divorcio de la farándula, del precio de pan y de los resultados del fútbol con el mismo rigor técnico.

Pero en ese relato no cuaja la realidad. Una persona falleció de un paro cardíaco, la otra (aún están determinando la causa) tiene signos traumáticos, por lo que quizás, sí murió por efecto de la «avalancha humana» de 340 mil personas.

Lo que ocurrió después fue producto del desborde y alguna que otra mala saña. Mucha gente quedó barada en Olavarría porque sus micros o combis se fueron sin ellos. Otros porque no estaban en el punto original de encuentro. Y mucha gente, que llegó con lo puesto, quedó a la buena de Dios. Sin plata, sin telefono porque las líneas no funcionaban, sin conocer la ciudad, perdidos de su grupo de gente.

Hubieron errores en la organización, sí. Todo es achable a eso, no. Insisto, 340 mil personas nos autogestionamos el ingreso, la seguridad, la salud y la salida. Que el show salió mal…y si, en ese contexto era imposible que fuera una fiesta. Por lo general el Indio toca tres horas. El sábado tocó casi la mitad. Nadie me lo confirmó, pero sin dudas achicó la lista de temas y se eligieron los más tranquilos del repertorio. Para cumplir, para no dejar a tanta gente sin música y sin el objetivo buscado.

«Así no se puede seguir» dijo el Indio y sonó -ahora así- a fin de ciclo. Tiene 68 años, un parkinson que lo aqueja y una incontrolable masa humana que lo sigue a donde sea. «Andate a tocar a la luna, a la luna la vamos a copar» cantamos.

Y eso es tan así que genera un fenómeno lateral silencioso, pero que se hizo muy visible el sábado. Muchos creemos que hay que pagara el arte. Y ponemos la guita de la entrada, 800 pesos esta vez. Otra gente no puede pagar, y eso está contemplado. La organización se garantiza una piso de venta para el show y la ganancia de los músicos. Los demás, adentro. Hace un par de conciertos donde ya no piden las entradas por esto mismo, lo que impide saber a ciencia cierta cuánta gente va a ingresar. El cálculo habitual es, las entaradas vendidas, más un 30%. Esta vez se vendieron alrededor de 170 mil, e ingresaron 340 mil. Nadie podía imaginarlo, calcularlo, ni prevenirlo. Es cierto que hay avivados que, pudiendo pagar la entrada, van a «colarse». Pero la idea es otra. Siempre la autogestión. Nosotros también gestionamos las entradas porque el recital es «a la gorra». Yo pago porque puedo, pero también por reconocimiento y respeto al artista que voy a ver, sigo y me gusta. Habrá gente snob, que va «de onda», seguro. Hace 20 años que voy a los recitales, primero de los Redondos, y ahora del Indio. Mucho ha cambiado, mucho hemos cambiado. Pero siempre supimos que ibamos (a veces con más riesgo) a un lugar mítico, a una misa.

Hoy es fácil decir que el Indio es millonario, que vive en Nueva York y que le importa poco la gente que lo va a escuchar. Hay dos muertos. Hoy, para algunos, vale todo. Para mi, no. Si Solari nada en monedas de oro cual Tío Rico no es un problema. El tipo hace más de 40 años que se dedica a la música y se gana la guita honestamente. O alguien cuestiona a Mick Jagguer. El tipo es un Stone, y nadie le critica ser millonario ni le pide que viva como los pibes del conurbano que lo escuchan. Machacar sobre eso es perverso, es demonizar al tipo que hace mover la calesita a la que nos subimos una vez al año buscando quién sabe qué cosa, pero que nos hace feliz. Y su público debería evitarlo, porque sino cumpliría la máxima de JiJiJi: «El montaje final es muy curioso/Es en verdad realmente entretenido/Vas en la oscura multitud desprevenido/Tiranizando a quienes te han querido».

Las críticas son necesarias para no volver a repetir errores. Los hubo el sábado. También en otras oportunidades, disimulados porque todo salió bien. Pero un ajusticiamiento público, es un exceso.

Podría realizar un análisis desde dónde vienen las críticas, quienes las enarbolan, a dónde apuntan, qué buscan, también sobre las causalidades políticas y los climas de época. Hacer un paralismo entre los 90´ y hoy. Pero eso corresponde a otra etapa, más fina, que debe englobar otros aspectos. Pero son insoslayables algunos datos: Solari no habla casi nunca con su público, y sus «bajadas de línea» política suelen ser sutiles. El sábado habló. Reivindicó las lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo en la búsqueda de los nietos que aún resta por encontrar. También criticó la idea de bajar la edad de imputabilidad de los menores.

A nosotros, a quienes hemos ido en otros opotunidades, fuimos a Olvarría y probablemente volveríamos a otra misa india, nos hubiera gustado que nada de esto hubiese ocurrido. Estoy seguro que al Indio También. Pero quizás sea la hora hora de hacer el duelo, por los muertos queridos, y por lo que fue. Uno de los pibes que falleció era de apellido Bulacio, como Walter, aquel chico de 19 años que mató la policía en un calabozo porteño luego de una razzia en la seguidilla de recitales que los Redondos dieron en el estadio de Obras en el 92. Fatídica coincidencia.

«Evidentemente así no podemos seguir, no están dadas las condicones» dijo el Indio cuando casi suspende el show al segundo tema. Él mismo vio que esto se fue de las manos. Criticó a los «siete boludos que están haciendo quilombo». Después, con desgano, desazón, bronca y angustia cantó lo que se pudo. Antes del final, agradeció a la gente que fue. «Estos es impresionante», dijo. Y armó el último pogo.

Después, nos fuimos. Tardamos mucho en volver. Había mucha gente pero la desconcentración, a pesar de los forcejeos y los apretujones, fue en paz.

Hoy duele el cuerpo, también el alma.

Si este fue el último, Indio querido, gracias por todo.

*Periodista-ADN