| Rumbo al bicentenario, en un país así / por Carlos Schulmaister |
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La existencia de políticas públicas de largo plazo en sectores estratégicos es evidencia, entre otras cosas, de la posesión de una cultura política que es patrimonio social compartido, acordado y sustentable, es decir, vivible y viable. Ello tiene lugar en un buen número de naciones donde la calidad de vida de sus integrantes se relaciona positivamente con una visión y una construcción planificada de un futuro superior material y espiritualmente, o éticamente si se prefiere.
Cuando ello no ocurre (y siempre que no se haya llegado a un grado de
indiferencia oficial sin retorno ante los problemas sociales con la contracara
de la resignación colectiva universal, tal como también sucede en numerosos
países de todo el mundo) lo que generosamente pudiera ser llamado "cultura" y
también "política" suele discurrir en una dinámica de acción-reacción y en un
contexto de urgencias, de inmediatez, de fugacidad e improvisación, de
particularismos constantemente reiterados e individualmente atendidos. Por lo
mismo, las acciones políticas no exceden los plazos de una administración,
cualquiera sea la jurisdicción de que se trate.
En esas condiciones el
esperado cambio social (como derecho y expectativa de una sociedad, y como fruto
de la gobernabilidad de las diversas variables intervinientes en su vida
cotidiana) se invisibiliza al convertirse en una constante de agravamiento: la
cotidianidad desencajada se vuelve natural y la idea de mejora desaparece de las
mentes de gobernados y gobernantes, de administradores y administrados (siempre
que estos términos no sean meros eufemismos que deban ser reemplazados por otros
que designen más acertada, más triste y más dolorosamente esa mutua relación,
como sería en el caso de las dictaduras, las tiranías, los totalitarismos y los
populismos -éstos últimos debido a su habitualmente discutible legalidad y
legitimidad de origen y/o desarrollo-.
Lo que da en llamarse "cambio" en
estos casos, a nivel de sensaciones colectivas -el mejor de los termómetros-,
consiste en la profundización cada vez más acelerada de las penurias sociales,
de modo que, cuando la normalidad está representada por la omnipresencia de lo
malo, el presente es lo peor, el ayer fue "mejor", anteayer era "bueno", y la
semana pasada fue "el paraíso".
La prueba está en que si se piensan o
aplican figuradamente los términos hoy, ayer y anteayer, la apetencia de lo
negado, de lo que está ausente en cada presente sucesivo lleva a muchos a mirar
nostálgicamente al pasado reiterando falsas y peligrosas creencias, posiciones y
anhelos, como aquella de que cualquiera tiempo pasado fue mejor.
Cuando
se llega a este extremo el futuro se vuelve impensable, inabordable, doloroso,
inviable, según las experiencias históricas incardinadas por cada quien.
No obstante, la chatura de la mediocridad representada en tal tipo de
vida política e institucional se ve alterada a intervalos regulares -levemente,
incluso pintorescamente- en función de las instancias de acceso formal de la
ciudadanía al ejercicio del gobierno, reiterando ciclos de
entusiasmo/optimismo, por un lado, y de frustración/desesperanza, por el otro.
Cuando la existencia transcurre entre semejantes extremos consume
rápidamente las energías socialmente disponibles para mejores causas, aunque
siempre fáciles de movilizar para las peores, de lo cual puede dar cuenta
acabadamente la historia de América latina en los últimos dos siglos a contar
de aquel Mayo continental de 1810.
Por lo tanto, en este ambiente el
futuro no excede el corto plazo. Los discursos oficiales resucitan cada dos,
cuatro o seis años -como el ave Fénix- el mito del futuro (futuro paraíso de la
utopía), pero en los hechos la acción pública lo clausura ya que apenas los
gobernantes se afirman en sus sitiales vuelven la vista atrás para repartir
culpas ajenas y exculpaciones propias respecto de lo incumplido en el pasado y
en el presente.
Sucede que no se puede gobernar correctamente un país
de esta clase sin repartir culpas. reales, falsas o imaginarias.
Mientras tanto, la prioridad oficial consiste en el mantenimiento y ampliación
de determinadas formas de agregación de poder para el manejo del gobierno y el
control de la sociedad mediante el direccionamiento de prebendas -migajas
miserables- para sectores clientelares, sin consideración a las necesidades de
la nación, del Estado y de todos los sectores sociales.
En un país
así, llámese como se llame, proliferan las mediciones constantes y la cotización
de "logros" aparentes en la feria de las vanidades politiqueras. Pero en el
largo plazo, el resultado es siempre el atraso.
Más allá de la siempre
desconfiable evaluación oportunista de las fuerzas hegemónicas del mercado, la
evaluación estratégica o de largo plazo desde el punto de vista del conjunto de
los reales intereses nacionales será prácticamente imposible, cuando no falsa y
sesgada ideológicamente.
Todo se debe a la ausencia o discontinuidad de
políticas de mediano y largo plazo; y esto a la negativa e incapacidad de
diseñar fines y principios estratégicos poniendo voluntades democráticas al
servicio de su concreción. Sin fines, no hay futuro. El futuro está más allá de
los plazos de una administración, de los límites de una coyuntura o de las
expectativas de retiro y jubilación del funcionariado político.
El
hiperactivismo político que los mass media presentan cotidianamente se halla
atenido a la fugacidad de lo inmediato, donde, obviamente, los fines son
reemplazados por objetivos de corto plazo concebidos como objetivos tácticos
carentes de ensamble en una estrategia, es decir, donde sólo representan actos u
operaciones "cotizables", verificables y manipulables por parte del núcleo
"gobernante", si se me permite este eufemismo.
Y como la permanencia en
el gobierno con alguna porción de poder exige costos a pagar inexorablemente, en
un país así, llámese como se llame, quienes gobiernan recurrirán constantemente
a la ayuda financiera internacional, provenga de donde provenga, la cual les
dispensará importantes gratificaciones materiales, además de propagandizados
réditos políticos, acreditables en las correspondientes cuentas de los señores
especialistas en política, en primer lugar, y en el subsector de que se trate
después, especialmente en el de los técnicos y asesores que hablan en nombre de
los demás sin encargo ni control de gestión, y que actualmente constituyen una
corporación disciplinada para dar vivas entusiastas al mandamás de turno sin
perder su falaz aureola de "progresistas", es decir, con las connotaciones que
las comillas sugieren.
En un país así, llámese como se llame, la
importancia de las operaciones de maquillaje político-técnico en cualquier
subsistema tiene fatalmente un nivel liliputiense, en tanto que los frutos y
consecuencias de su aplicación en la vida real de las personas son
acumulativamente desastrosos.
Inversamente, un país que se
desenvuelve en un marco de desarrollo institucional democrático, con respeto por
el individuo, la sociedad y el Estado de derecho, construye
intergeneracionalmente el futuro, la cultura o la sociedad -que es lo mismo-, en
lugar de atrasarla y congelarla tras supuestas apelaciones a mitos del pasado, o
inventando utopías de "patas cortas".
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